Comienza un nuevo año.
Un punto y aparte necesario. Un momento para respirar, para hacer balance y para recordar por qué hacemos lo que hacemos.La tecnología forma parte de nuestra vida cotidiana. El móvil ya no es un objeto externo, es una extensión de la mano, del pensamiento y, en muchos casos, de la identidad. Bien usado, conecta, ayuda, protege. Mal utilizado —o utilizado sin conciencia— puede convertirse en algo muy distinto.
Hablar de ello no es alarmismo. Es responsabilidad.
En el Instituto San Marcos, las redes sociales no son solo un espacio de ocio. Son un escenario. Un tablero invisible donde se mueven piezas que nadie ve del todo. Un mensaje privado, breve, aparentemente inofensivo, llega al móvil de un estudiante antes de entrar a clase. No hay insultos. No hay amenazas explícitas. Solo una frase que activa el miedo, la vergüenza y la sensación de que todo está a punto de derrumbarse.
Horas después, el instituto se llena de silencio.
El caso cae en manos del detective Daniel Rojas, recién incorporado al cuerpo, con una herida antigua que nunca cerró: la pérdida de su mejor amigo, años atrás, tras una cadena de acoso en redes sociales que nadie supo —o quiso— detener a tiempo. Para Daniel, investigar no es solo buscar culpables. Es enfrentarse a una pregunta incómoda: cómo un simple móvil puede convertirse en el arma perfecta.
A medida que avanza la investigación, queda claro que nada es casual. Las víctimas no son elegidas al azar. Hay patrones, manipulación, juego psicológico. Un profesor que sabe más de lo que aparenta. Un influencer atrapado en su propio personaje. Un estudiante brillante, invisible para casi todos, pero con un dominio absoluto del mundo digital.
Y mientras tanto, el verdadero peligro permanece donde siempre ha estado: a plena vista.
Esta historia habla de asesinatos, sí. Pero sobre todo habla de otras cosas más silenciosas: del acoso que no deja marcas físicas, de la humillación pública amplificada por una pantalla, del poder de un mensaje enviado en el momento justo. Habla de cómo una publicación puede destruir una reputación, una noche sin dormir puede convertirse en un abismo y una broma puede tener consecuencias irreversibles.
Como policía, he aprendido que muchas de las tragedias no empiezan con grandes actos de violencia. Empiezan con pequeños gestos que nadie frena a tiempo. Y ahí tenemos, por ejemplo, la violencia de género, que empieza poco a poco, nunca de golpe.
Por eso, empezar 2026 con alegría no significa mirar hacia otro lado. Significa entender que educar en el uso del móvil es educar en convivencia, en límites y en humanidad. Significa acompañar antes de intervenir, escuchar antes de castigar y estar presentes antes de que sea tarde.
Ojalá muchas de estas historias se queden solo en la ficción.
Y ojalá este año nuevo nos encuentre más atentos, más conscientes y más dispuestos a usar la tecnología como lo que debería ser: una herramienta, nunca un arma.
Os deseo una gran entrada al 2026!!!!!
